También me gusta escribir con lápiz. La sensación en los dedos cuando se deja el grafito en el papel y el sonido que provoca al deslizar la punta fina sobre la superficie.

Me conmueve que el lápiz sacrifique su cuerpo para que pueda contar lo que siento de manera escrita; que fragmente su escudo de madera para darme más mina para expresarme, que me deje jugar con su forma cilíndrica dándole vuelta cada vez que lo levanto de la superficie.

Me conmueve que cada lápiz tenga una vida tan limitada, tantos sentimientos, historias y sueños por contar… tantos recuerdos, emociones y textos por plasmar… y solo viven para unos cuantos.

Esa vida… vida de dar a los demás y de ser instrumento que se deja guiar para bien. Y que dejar que saquen punta es permitir que la vida nos hiera cuando es necesario para afinar nuestros pasos.

​Vida de lápiz, que nos recuerda que lo importante es lo que tenemos dentro y no lo que nos disfraza; que si nos equivocamos podemos enmendar los errores… Y que el sentido de la vida dependerá del trazo que marquemos cada día.