Ese día, horas antes, había estado muy pensativa después de una larga jornada de trabajo y no sabía que hacer; pensaba que mi noche acabaría en libros de narrativa y café.

Fui a la ducha y dejé que el agua cayera sobre mi nuca, pensaba en lo que siempre soy y lo que quiero dejar de ser. Luego de las fiestas, las salidas hasta tarde y las travesuras del año anterior, habría que dar un relax a la vida. Al salir me puse a beber un café recién hecho y con el cabello húmedo me recosté frente a mi ventana a ver los autos pasar. Mi cerebro iba soltando ideas, metas y posibilidades. Sabía que si lo deseaba, tendría todo como lo quisiera en ese momento, pero yo quería algo más…

Quería una mirada interesante, conversaciones profundas y café caliente con compañía, de esos que están llenos de sentimientos y azúcar.

Crucé mis piernas de manera delicada, miré al cielo, aprecié la noche,  pensé en la tarde que había tenido esa vez y me entregué al momento. Me dije: escribiré un poco, fingiré seriedad y quizás un poco de profundidad; luego de ese día de trabajo duro y noche de reproches, me lo merecía.

La culpa es del café, pensé. – Me gusta tomar mi café con leche fría y sentir como se llena mi boca, como el olor y el humo se meten por mi nariz y todo baja junto, quema la garganta y calienta el pecho. Entonces siento en el estómago que el café se mezcla con los sentimientos. Es casi una ceremonia, un sacudir desde dentro. Un placer. –

​Volví a pensar en lo que quería, en como duele hasta la sensatez cuando se hace una nueva herida sobre la cicatriz y en que es tan fácil borrar lo que no se escribió con el corazón. Después reacciono: Quizás no siempre se tiene lo que se desea, pero se que cuando quiero, siempre tengo conversaciones profundas acompañadas con café caliente y miradas interesantes.