De vez en cuando se vale quitarse las alas de ángel y la aureola para darnos nuestro lugar. No soy ni tímida ni santa, pero ser extrovertida tampoco significa que soy mala persona, que soy alocada, que no me doy mi lugar ni que soy atrevida ni mucho menos masculina. Muchas veces las personas se aprovechan de la confianza que les damos cuando somos muy sociables o creen que nos estamos pasando de listas. Y seamos honestas, en muchas ocasiones debemos bajarnos del pedestal en el que nos subieron con una velita al lado para dejar de parecer que nuestra confianza y forma de socializar no significa que somos mujeres indefensas que no rompemos ni un plato. Porque somos mujeres y tenemos feminidad no significa que no podemos ser fuertes, rudas, sonrientes, habladoras, valientes, independientes ni sociables. Tampoco es que lo contrario sea malo o incorrecto, pero es que me asombra cuando aun nos juzgan a las mujeres porque no somos tímidas ni santurronas. 

Además, quienes suelen juzgarnos más son otras mujeres, como si nos atacáramos entre nosotras mismas una y otra vez, luchamos por la igualdad de género, pero no nos lo damos nosotras mismas al 100%.  El caso es que aun no sabemos cómo equilibrar el deseo de igualdad con el de un feminismo extremo y paramos ridiculizando nuestra propia imagen femenina, ante nosotras y ante la sociedad.

Qué si me gusta enseñar los pezones, que si se me marca la tanga, que si uso pantalón blanco, me gusta llevar escotes largos o cubrirme de más, que si elegí una carrera de hombres o una para mujeres, que si me pongo un traje o vestido, que si me visto pegado o uso mini faldas, que si soy tímida soy santa y que si soy extrovertida no lo soy… sea cual sea el caso ser reservada o ser atrevida no tiene nada de malo, somos como somos. Disfrutemos de nuestra vida, nuestra feminidad, nuestro valor como mujeres y como personas, respetémonos y apreciémonos entre nosotras. Al final, hombre o mujer, somos humanos, el alma no tiene género y la diferencia está entre ser inteligente o ser racional. 

Para saborear la vida tenemos que vivirla como más nos guste y siendo como somos desde dentro ya sea que seamos santas, puras y castas o atrevidas, alocadas y extrovertidas, pero tenemos que serlo con ganas y con fuerza.