Esas ganas de abrirte a una persona y vivir una nueva aventura sin preocuparnos por el inicio, el nudo y el desenlace, porque ahora disfrutamos los dos – nos disfrutamos – y todo lo demás da igual. Lo importante es el ahora, los momentos compartidos.

Las ganas de sentir esa emoción cuando pisas un suelo nuevo, simplemente ganas de sentir lo inesperado. Las ganas de descubrir un nuevo lugar, quizás un nuevo hogar y ver que pasa… donde no hay límites y todo es posible.

Las ganas de dejar las ganas de complicarse y complicarlo todo. Que no es que no haya que jugar con fuego porque queme, sino porque hay que cuidar las marcas que deja de por vida.

Las ganas de empezar a exigir porque las cosas a medias no nos gustan. O sonríes o no. O le respondes o no. O lo besas o no. O te enamoras o no. O todo o nada.

Las ganas de perder la cabeza de vez en cuando para mantener la cordura, de apostar porque sí, de tomar un vino más porque sí, de tomarnos la mano porque sí, de vernos sin decir nada porque sí. Porque la vida son esos pequeños momentos. Porque sí.

Las ganas de vernos al espejo y que lo que veamos nos guste. Y sonriamos. Y así aceptarnos, gustarnos y querernos un poco más; porque nunca viene mal un poco de admiración compartida.

​Las ganas de tomarnos todo un poco más despacio, de saborear lentamente cada momento… Porque si nos detenemos un poco, descubrimos que el café huele mejor, las palabras suenan mejor y los besos saben mejor.